EL SER O NO SER DE UN ALMA DE ACANTILADO

22 Ago

Hace mucho tiempo que no escribo en mi blog y hoy me sale, que siempre ando concentrada en luchas que dejan poco tiempo para reflexiones que uno, de vez en cuando, debería pararse a hacer. Sí, eso de dedicarse tiempo a uno mismo, para auto-diagnosticarse y curarse las heridas, que las vamos acumulando en el alma y, a la larga, terminan por pesar demasiado. Yo las curo contando, escribiendo aquí. Este fin de semana me he concedido esa licencia y he aparcado las luchas momentáneamente para dedicarme a mí, para analizar mi “por dentro” y verificar si los daños internos son o no reparables. He descubierto que lo son y que no he abandonado mi interior tanto como pensaba. Ahora sé que todo el esfuerzo vale la pena y que soy una amalgama de experiencias, influencias, aprendizajes, sensaciones, sentimientos, caídas, remontadas… Vida. La propia vida, pero vivida con la intensidad de querer exprimirle el jugo a cada minuto, poniendo el alma, el corazón y el cuerpo en cada cosa, por pequeña que sea, sin olvidar nunca de dónde vengo, a dónde voy y de qué estoy hecha. Y sembrar para que mis hijos recojan el testigo con la fortaleza y la rebeldía necesarias para ser honestos consigo mismos. Quiero contarlo hoy, porque bien valió la pena.

JuanjoSalió al escenario impecable en el auditorio de Ledesma, en Salamanca. Veinte escenas después, hizo mutis como si se hubiera caído a una piscina, pero igual de impecable o más, si cabe. Con la piel de gallina descubrí que los actores no siempre son personajes y que no debe haber papel más difícil que deshacerse en ser uno mismo en un escenario, recorriendo toda una vida a golpe de influencias, porque eso es lo que somos, al fin y al cabo. No sé por qué llaman monólogo a “El milagro de La Tierra”, si es una obra completa, aunque de un solo personaje en su propia retrospectiva, analizando su “ser o no ser”. Juanjo Artero en el papel de Juanjo Artero. Un viaje personal por toda una vida a través del Universo, la literatura, la filosofía, la astronomía, la política, la psicología… A través de recuerdos, personas, sensaciones y sentimientos, ilusiones, desengaños, frustraciones, preguntas y una búsqueda incansable de respuestas. La vida misma… “Los actores llevamos el Universo dentro, pero no lo sabemos”, dice. Todo su Universo concentrado en una sola frase, pronunciada por Lola Herrera destilando el amor maternal al desnudo, sin fisuras, enredando sus miedos en un mar de calma y ahogando sus amarguras en los besos del amor más puro, el único que tiene ese “algo eterno” indescriptible, el de la madre: “Juanjo, tienes alma de acantilado”…

Habla, canta, baila, ríe, llora, sueña, sube, baja, pesca, medita, imagina, se emociona, suda, se seca, bebe, siente… Y recita. ¡Ay Señor, cómo recita! Ahí es donde Juanjo es su esencia pura, la adquirida de sus propias ilusiones, de sus referentes, sus lecturas, comeduras de tarro y de los sabios consejos extraídos de autores eternos, cuyos mensajes no analizamos en conciencia, porque forman parte de nuestro aprendizaje autodidacta, que es al que menos solemos prestar atención. “Soy actor”, dice, pero, ante todo, es un ser humano que proclama la fortuna y la angustia de vivir. Un cúmulo de “Juanjos” que recorre desde antes del nacimiento hasta el qué habrá después de la muerte, de la mano de Rosalía de Castro, Fray Luis de León, Manrique, Quevedo, Cervantes, Calderón, Whitman, Sakespeare, entre otros. Que es Don Juan y también Doña Inés. Que también es Javi, Charlie, comisario o capitán de barco. Que es el bueno y es el malo, niño, joven rebelde, esposo, padre, hijo… Es actor, “uno de los dos oficios -junto al de escritor- que permite ser cien personajes”, pero que deja la huella de su propia esencia, la del amigo agradecido que pinta flores en un globo de látex que hace las veces de este planeta, que adolece de humanidad, de sinceridad y de autocrítica.

Mirada transparente que se enreda en los ojos de quienes ni pestañeamos. Lo juro, no pude ponerme en pie, me temblaban las piernas de haberme visto reflejada en sus propias preguntas, en sus temores, en sus esperanzas. Pienso que él disfruta como nunca haciendo esta obra, pero ni imagina lo que transmite, lo que irradia que nos seca de emociones, porque salen todas a golpe de cada escena. Hay que verla. “El milagro de La Tierra”, guión de Juan Asperilla sobre la base de una larga conversación con un Juanjo ansioso de contarse en su proyecto más personal, a quien Toni, Lola, Laila y muchos más no quisieron dejar solo en esta aventura. La vida, esta vida maldita y bendita, la de cada uno que se entrelaza con la de otros y viceversa. Vida, la que vivimos, a veces, a medias, a cuartos, a nadas. La que otras veces vivimos al mil por mil, sin usar apenas la razón impulsados sólo por el corazón. Por Dios, si es que somos eso, el coraje de sobrevivir a cada día, a cada hora si me apuras, en un Universo a veces irracional, inhumano, cobarde, mediocre, mezquino, hipócrita y vago.  Supervivientes de nuestra propia vida. Me dicen muchas veces que estoy loca de atar, puede ser, no digo que no… Pero bendita locura que me hace vivir como vivo, vivir hoy, vivir ahora, que luego siempre es destino y el destino ¡vete tú a saber! Porque esto somos, todo y nada. Vivamos, con la mirada al frente, la lucha a cuestas y la esperanza consciente, con las armas del conocimiento en una mano y el ansia de lo que falta por aprender en la otra.

Y no lo olvidéis, hay que verla con los cinco sentidos, porque “El milagro de La Tierra” no es una función, es una vivencia plena, un aprendizaje y toda una lección. Gracias, Juanjo, amigo, por contarte así y compartirlo.

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